(Pág. 80)
- Marchó muy temprano a dar un paseo a caballo con el joven Nobilior y aún no ha regresado. ¿Hay algo más que quieras saber? -preguntó la vieja con guasa.
Aquello acabó de enfurecer a la bella. No favorecía en nada a sus futuros planes, el que Cneo anduviese todo el día con esa muchacha pegada a los talones.
- ¿Qué te ocurre Claudia? Te has puesto lívida -observó Mursila, mientras daba unos pasos hacia ella con las manos tendidas. La sonrisa que danzaba en sus ojos, desmentía su tono de preocupación.
- ¡Aléjate de mí, vieja! -y le propinó un breve empujón.
- ¿He dicho algo que pudiera molestarte? -inquirió afectadamente- ¡Oh, ya sé! ¿Es que el joven Nobilior no te parece buena compañía para tu amiga?, o ¿es que acaso te lo parece demasiado? -y soltó una risilla destemplada que sonó como un graznido.
- ¡Ya está bien! -exclamó la otra (...).
He escogido esta parte del libro porque me llama la atención cómo Claudia muestra ciertos celos ya que Cneo pasa tiempo con Honoria y ambos muestran interés entre ellos. No solo en esta parte se muestra esta faceta de Claudia, anteriormente también manifiesta sus celos (o envidia), ya que Cneo muestra atracción por Honoria y no por ella.
Arantxa Rubio
(Pág. 91)
De aquella cópula primitiva germinaron las plantas, los árboles y sus frutos, y entre ellos la espiga. El hombre cosechó los frutos que tan graciosamente le fueron entregados. Y con esfuerzo e ingenio, del fruto logró provecho. Y así fue como del trigo sacó pan. En cuanto a la sangre vertida por la víctima, nos recuerda a la que el toro derramó al morir. Con su muerte y su sangre, nos procuró la salvación…
He escogido este párrafo por el parentesco con las demás religiones que hubo y convivieron en aquella época pero, sobre todo, por el parentesco con el cristianismo cuando habla de pan y vino nacidos del animal.
Belén Serrano
(Pág 92)
Horrorizada giró la cabeza hacia el páter. Pero aquello fue aún peor. Un repentino temblor sacudió su cuerpo, como si fuera una hoja en medio de un vendaval. Por un momento, y a pesar de la máscara que le cubría, creyó que los ojos del hombre buscaban en su dirección, hasta dar con los suyos. Entonces supo, con una certeza que quedaba fuera de toda duda, que aunque la habitación estuviese en sombras, él la estaba observando. Su mirada, húmeda y dilatada como la de un reptil, la recorrió lentamente hasta hacerla retroceder. Lo último que vio fue una sonrisa teñida de rojo curvando su boca, antes de que una consoladora bruma descendiera sobre ella, y la sumiera en la inconsciencia.
Decidí escoger este párrafo del libro ya que me atrae la forma siniestra de expresar esta situación, los adjetivos que utiliza de forma literaria y este pensamiento que no se te puede quitar de la cabeza hasta que no pasas de página, pues están comiendo pan acompañado de sangre. Pensar en esta situación, poniéndome en los pies de Honoria, incluso me hizo recordar el fuerte olor picante de la sangre, algo que no me esperaba viniendo de un libro como este.
Pablo M. Cerezo